Rubor

“Ella se puso roja, ¿no es esto de rigor? Y naturalmente, se volvió más bella.”

(Amado Nervo)

¿Hay algo más hermoso que ver como un ser se ruboriza?.

Partamos del mismo puerto: existe un estrecho umbral entre la turbación y el bochorno.

Las “cagadas” o los  “epic fail”, son experiencias puntuales con un desenlace fatal. Esto provoca un sentimiento de vergüenza ajena entre tus semejantes que acaba en sorna y generalmente desemboca en un apodo del que jamás escaparás.

El “Altares” por ejemplo. Un gay que actualmente tiene 54 estacas y que de joven se entretenía a escondidas recreando altares de iglesias en miniatura, hasta que un día sus amigos se le presentaron en casa y descubrieron su afición, (la de los altares, de la otra se enteraron más tarde).

El “Fittiemerson“. No, no es ese colega que conduce a una velocidad acojonante simulando a Emerson Fittipaldi. Es el otro, el hijoputa que tiene coche desde los 17 años pero no tiene carnet de conducir.

Pero esto no va de sobrenombres, de esa naranja ya haremos una sangría. Esto trata de que no es lo mismo pasar por una situación embarazosa que que te pongan colorá.

Tirando de batallitas, recuerdo una tarde soleada de julio en la que crucé toda la plaza de María Pita con la combinación de un vestido negro transparante hasta el ombligo, descubriéndose los pantis pegados a los muslos y un tanga negro recién comprado. Sí la gente me miraba, pero coño, pensaba que era porque iba espectacular, no porque pareciese un putón.

Cuando estaba llegando a la altura de la parada de taxis, es decir, ya me había visto hasta el chino cudeiro el DNI, me grita uno: “¡Neniña, que se te ve o cú!”.

Redios…busqué una pared y me empotré mientras con mucha dificultad y entre risas y flashes de los turistas, intentaba colocar la puta mierda de combinación que con el roce de las medias se había ido subiendo mientras caminaba lozana con una cabrona de amiga que lloraba de la risa. Le caían unos lagrimones a la muy puta…Y de ahí con mi estima en los suburbios, directa a presentar un concierto en el que había gente. Da igual si mucha o poca. Era gente, y en ese momento lo único que quieres es un nicho. Éso, y no salir en videos de primera.

Esto no mola. Es lamentable. Una mancha en mi expediente de la que afortunadamente me puedo mofar.

No recuerdo la última vez que me ruboricé ni quién fue el culpable. Soy tan perturbable como el resto. (Mierda)

Lo que sí recuerdo es lo que se siente. El detonante puede ser una mirada, el roce de una mano, un susurro al oído, una palabra, un whatsupp, una foto delante del espejo en instagram, una mierda de tuit…

El primer síntoma es un sofoco que estalla en las mejillas. Una tímida sonrisa acompañando a una mirada esquiva. Una sensación fugaz de placer que dura unos segundos hasta que desaparece con un intermitente cosquilleo en la nuca. Notas como se despide pero tardas en recuperarte aunque finjas que tienes la situación controlada.

Somos así de gilipollas, al final con un soplido se nos cae la casa.

Hablamos de la gente y nos olvidamos de que somos gente. Aunque no nos guste. Aunque De Guindos no haya visto un puto billete de 500 pavos.

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Acerca de hastaelkiwi

Aprendiz de todo, maestra de nada... Este será el púlpito desde el que predicaré, pero nunca con el ejemplo.
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